I. El umbral de la amnesia
En el principio, Riohacha no era una cuadrícula de cemento sediento, sino el vientre húmedo donde la Sierra Nevada y el mar Caribe se entregaban a un desove perpetuo. Los ríos Tapias y Jerez bajaban de las cumbres como las dos venas principales de un mismo útero transparente; bajo la Ley de Origen de los ancestros , el agua no pertenecía a nadie porque era la madre de todos.
Pero la amnesia es un polvo invisible que el viento del nordeste esparció sobre las calles y los techos. La ciudad olvidó los cantos y los pagos espirituales, extirpando los relatos convergentes que daban cohesión a la tribu. Los riohacheros, encandilados por la soberanía del mercado, fueron perdiendo su sustento y su seguridad alimentaria, mientras la sed profunda comenzaba a reflejarse en la sequedad de sus labios cuarteados. Al perder el cordón umbilical con su tierra, apareció la desconfianza entre los vecinos; se miraron como extraños y se fragmentaron por completo como sociedad. Fue precisamente este quiebre del tejido comunitario, este vacío de identidad y solidaridad, el que sirvió de alfombra roja para que posteriormente llegaran los mercaderes del agua.
II. Los falsos mesías del papel químico
Al perderse la visión mística del agua, ocurrió la transmutación: el útero de la vida fue degradado a mercancía y factura. Fue entonces cuando irrumpieron los mercaderes del agua procedentes del otro lado del océano, cruzando el Atlántico con la palidez de los despachos alfombrados. No venían a saciar la sed de la península, sino a capturar los subsidios estatales, captar la inversión pública y encadenar aumentos tarifarios indexados. Instauraron un imperio donde la ineficiencia operativa calculada generaba la mayor rentabilidad financiera.
Ese estrépito de carretillas y carrotanques que inundó los barrios no era otra cosa que la versión corporativa y cruel de la llegada de los gitanos a Macondo.
Al igual que Melquíades y los suyos rompiendo la paz con el alboroto de sus latones y pregoneros, estos nuevos gitanos del capital entraban a la escasez con el desparpajo de la feria ambulante. Los pergaminos antiguos, que una vez contuvieron las profecías cifradas de la estirpe, se cambiaron por facturas de papel químico e impresión térmica.
El nuevo Melquíades corporativo, con uniforme sintético y tableta digital, no descifraba el sánscrito, sino algoritmos de corte. Cada factura que dejaba en las puertas sedientas era un manuscrito invisible que profetizaba el despojo: cobraban por el agua que no entregaban, cobraban por las obras que no terminaban, trocando la historia comunitaria por un frío código de barras.
Mientras los niños padecían el hambre hídrica y los barrios pagaban en monedas de sudor el derecho a no morir, los vientos alisios del nordeste soplaban y escribían en el asfalto sentencias de polvo y sal: “Riohachero: El agua es vida, no es negocio”. Pero la urbe se había vuelto analfabeta de su propia dignidad.
III. El balbuceo del alfabeto del viento y el fuego del Acuerdo Ciudadano
Pero la arcilla del dolor colectivo terminó por moldear el fin del letargo. No fue un milagro fulminante, sino el lento y difícil parpadeo de una comunidad que abre los ojos tras la larga noche de la desmemoria.
A manera de una epifanía en ciernes, los riohacheros apenas comienzan hoy a despertar de la amnesia. Con las manos todavía marcadas por el peso de los galones de plástico, vuelven la mirada hacia las cumbres de la Sierra y comienzan a desenterrar los relatos comunes que yacían bajo el cemento.
La ciudad ha dejado de ser un mercado pasivo para transformarse en una asamblea viva. En las esquinas donde antes imperaba el estrépito de los camiones, los ciudadanos empiezan a organizar cabildos abiertos, a tejer reclamatones comunitarias y a exigir la nulidad contractual frente a los mercaderes del agua.
Este despertar ha tomado cuerpo y alma en el Acuerdo Ciudadano por el Derecho al Agua, una plataforma plural que ha entendido que la batalla no se libra para lograr un simple relevo administrativo, ni para cambiar un operador por otro que repita los vicios de la indolencia.
Su misión sagrada es avivar la llama del fuego colectivo, recordar que el agua es el espejo donde una sociedad se mira para saber quién es. Al permitir que le pusieran precio al útero de su propia existencia, los riohacheros no solo entregaron el agua de sus ríos y acuíferos, sino la custodia de su alma. El castigo de la sed no vino de las nubes, sino del vacío de un pueblo que aceptó la soledad del individuo frente a la fuerza de la tribu.
Por eso, cada una de las ocho mil firmas que hoy se recogen el Comité Promotor del Cabildo, bajo el amparo de este Acuerdo Ciudadano, estampadas con sudor en las planillas comunales de aquí a octubre, no es un trámite burocrático; es una gota de agua simbólica que regresa a llenar el cauce seco del Tapias.
Cada trazo es un habitante que vuelve a deletrear su nombre en el gran libro de la heredad.
Los riohacheros han comprendido que han emprendido un viaje largo hacia su propia Ítaca de dignidad, una travesía llena de experiencias y aventuras donde ya no temen a los cíclopes del dinero ni al colérico Poseidón del capital salvaje. Saben bien que esos monstruos de la privatización y el despojo carecen de poder si el pueblo no los lleva dentro de su propia alma, si la comunidad no los yergue ante sí a través de la resignación.
Al aprender a leer de nuevo las sentencias que los vientos alisios granizan en el polvo, Riohacha ha comprendido que la memoria histórica no es un recuerdo estático para la nostalgia, sino el único escudo capaz de proteger la permanencia de la vida. El murmullo del Tapias y del Jerez ha vuelto a escucharse, no como un eco moribundo del pasado, sino como el latido profundo de una sociedad que, unida en su pluralidad, ha decidido dejar de ser huérfana para volver a ser eterna.
IV. El Manifiesto Ético de la Reclamación (Cláusulas de Nulidad)
1. Cláusula del Útero Sagrado: : El agua de los ríos Tapias y Jerez constituye un bien común, ancestral e indispensable para la dignidad humana. Se declara nula cualquier disposición contractual que pretenda tratar este vientre de vida como una mercancía privada o un activo de bolsa.
2. Cláusula de Prohibición de la Escasez Planificada y la Nulidad por Ineficiencia Lucrativa:
Queda proscrito el modelo operativo concesional que devenga rentabilidad financiera a partir de la deficiencia del servicio. La escasez inducida que llena las calles de carretillas constituye un vicio de fondo que invalida la continuidad de la concesión por objeto ilícito.
3. Cláusula de Protección de la Infancia frente al Hambre Hídrica: El acceso al agua potable no está condicionado a la capacidad de pago. Cualquier incremento tarifario que resulte en cuadros diarreicos o desnutrición infantil suspende de manera automática la legitimidad del operador y activa el derecho a la desobediencia civil tarifaria.
4. Cláusula de la Soberanía de los Subsidios Colectivos: Los recursos públicos destinados al saneamiento básico pertenecen a la heredad territorial. La fuga de estos capitales hacia matrices extranjeras es un despojo colonial moderno, lo que faculta al pueblo organizado a exigir la rescisión inmediata del contrato sin indemnización para la corporación.
Riohacha, 16 de mayo del 2026


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