La cuenca Magdalena-Cauca
Es imperativo que la retórica
gubernamental sobre la conservación se sustituya por una genuina acción, basada
en una visión ecosistémica.
El deterioro ambiental de la cuenca
Magdalena-Cauca es de la mayor gravedad. El 77 % de su cobertura vegetal ha
sido destruido, el daño en páramos y humedales continúa en incremento, las
aguas servidas de 724 municipios se vierten en los dos ríos y sus afluentes sin
tratamiento, el 78 % del área presenta erosión, el transporte de sedimentos por
el río Magdalena se ha incrementado en un 33 % en la última década, y el
volumen de pesca ha descendido en 50 % en los últimos 30 años.
Los impactos socioeconómicos de esta
situación son incontables, puesto que la cuenca Magdalena-Cauca representa el
24 % de la superficie del país y allí se asientan 32,5 millones de habitantes;
el 70 % de la energía hidráulica se genera en los ríos Cauca y Magdalena y sus
afluentes; y en este territorio están el 70 % de la producción agrícola, el 90
% de la de café y el 50 % de la pesca de agua dulce.
Por estos días, todos los habitantes
de esta cuenca, así como de otras regiones del país, están sufriendo las
consecuencias de la extrema sequía producida por el Niño, mientras que hace
cuatro años estábamos clamando por la tragedia generada por la extrema ola de
lluvias producto de la Niña. Y, una vez más, los expertos han señalado que los
impactos de estos dos fenómenos se ven magnificados por el deterioro ambiental,
puesto que se ha desestabilizado el ciclo hídrico, lo que significa menos agua
en épocas secas y exceso en épocas lluviosas. Y en estas, como en otras
ocasiones, los gobiernos de turno han prometido que se tomarán medidas para que
nuestra gran cuenca, y las otras del país, se hagan más resistentes al clima cambiante.
Pero
pasadas las crisis, todo parece echarse al olvido y, por el contrario, la
destrucción no se detiene y además se continúan haciendo obras de
infraestructura en los ríos Magdalena y Cauca, sin una visión de cuenca, lo que
podría contribuir a su mayor deterioro. En el caso del proyecto de
navegabilidad del río Magdalena, por ejemplo, este se concibe como “canal
hidráulico” y no como la interacción de diferentes ambientes biológicos,
geológicos y sociales”, como se ha señalado en el libro recientemente publicado
por el Foro Nacional Ambiental y Fescol, ‘Para dónde va el río Magdalena:
riesgos sociales, económicos y ambientales del proyecto de navegabilidad’ (que se puede descargar gratuitamente aquí). Es un libro que va
mucho más allá del proyecto de navegabilidad y se ocupa del pasado, presente y
futuro de la gran cuenca.
Así, por ejemplo, en él se registra
cómo se están proyectando nuevas hidroeléctricas en los ríos Magdalena, Cauca y
sus afluentes, sin haberse hecho una evaluación de cuántas represas más –tanto
para generación eléctrica como para otros usos, entre estos la irrigación
agrícola y los acueductos– le caben a la cuenca. Como se sabe, el país cuenta
con un gran potencial hidroeléctrico, pero este no se puede juzgar con el
simplismo de estimar de cuánta agua se dispone para precipitar por unas turbinas.
Existen otras consideraciones centrales, como la de cerciorarse de que con la
suma de estos proyectos no se ponga en riesgo el caudal ecológico, o aquel que
asegura la vida de la fauna y la flora en los ríos, así como su sana
interacción con el conjunto de ecosistemas terrestres.
Es imperativo que la retórica gubernamental
sobre la conservación se sustituya por una genuina acción, basada en una visión
ecosistémica, y que la sociedad en su conjunto se comprometa en la restauración
de la gran cuenca del Magdalena-Cauca y en detener su desbocado deterioro.
MANUEL RODRÍGUEZ BECERRA
EL TIEMPO. COM
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