bre la arena y donde miles de familias aprendieron a sobrevivir cargando baldes de agua en medio del abandono, levantamos esta palabra colectiva para convocar a la ciudad a reencontrarse consigo misma.
Riohacha no es solamente una ciudad entre el desierto y el Caribe. Es el receptáculo humano de múltiples heridas históricas: la quiebra del aparato productivo nacional, las expectativas generadas por la expansión extractiva de Cerrejón, la violencia guerrillera y paramilitar, el desplazamiento forzado y el desarraigo social.
Entre 1985 y 2026, la ciudad pasó de cerca de 85 mil habitantes a una población cercana a las 300 mil personas. Pero ese crecimiento no estuvo acompañado por planificación urbana, justicia social ni presencia efectiva del Estado. Mientras las instituciones permanecían ausentes, miles de familias levantaron barrios enteros con sus propias manos.
Con tablas, zinc, arena y esperanza, los nuevos pobladores abrieron calles donde no existían caminos, levantaron postes donde no había energía y trajeron los primeros baldes de agua donde jamás llegaron las tuberías.
Ellos no llegaron simplemente a Riohacha.
Ellos construyeron Riohacha.
Más de 90 barrios nacieron de la autogestión popular, de la solidaridad entre vecinos y de la resistencia cotidiana de quienes se negaron a desaparecer. La ciudad fue edificada mucho más por el esfuerzo de los excluidos que por la planificación estatal.
Por eso rechazamos toda mirada que criminalice la pobreza y las periferias urbanas. Los barrios populares no son un error de la ciudad: son la prueba viva de la capacidad creadora del pueblo cuando el Estado abandona sus responsabilidades.
Sin embargo, durante las últimas décadas también se profundizó una fractura silenciosa: la ruptura progresiva del tejido social.
La informalidad cercana al 90%, la pobreza estructural, la desigualdad y la precarización de la vida produjeron una especie de entropía social: un desgaste continuo de los vínculos comunitarios, de la confianza y de la capacidad de actuar colectivamente.
Cuando la solidaridad se rompe, la sociedad entra en dispersión.
Cada quien intenta salvarse solo.
Los vínculos se erosionan.
La comunidad comienza a desintegrarse.
Una ciudad habitada por cientos de miles de personas expulsadas de otros territorios corre el riesgo de convertirse en un campamento de sobrevivientes y no en una verdadera comunidad humana.
Pero incluso en medio de la precariedad existe una fuerza que ha impedido el colapso total: la solidaridad popular, la confianza entre vecinos y el tejido de la palabra compartida.
En La Guajira, y especialmente en la cultura Wayuu, la palabra no es solamente lenguaje: es equilibrio, mediación, memoria y pacto colectivo. Los pueblos originarios nos recuerdan que el agua no puede ser mercancía porque la vida misma no pertenece al mercado.
Así como el agua necesita cauces para permanecer viva, una sociedad necesita vínculos para no secarse espiritualmente.
Por eso afirmamos hoy que el acceso al agua y al saneamiento no puede seguir subordinado a la lógica del negocio, la rentabilidad y la exclusión. La mercantilización de los bienes comunes, el abandono estatal y las políticas que fragmentan la comunidad han profundizado la desigualdad y debilitado la cohesión social de nuestra ciudad.
El agua no es una mercancía.
El agua es un derecho humano.
El agua es memoria circulante.
El agua es el vientre sagrado de la vida.
Nuestra lucha no es solamente por tuberías, tarifas justas o infraestructura hidráulica. Nuestra lucha es por reconstruir la confianza colectiva, sanar el tejido comunitario y recuperar el sentido de pertenencia sobre el territorio.
Porque defender el agua es defender la posibilidad misma de volver a encontrarnos como pueblo.
Hoy necesitamos transformar la dispersión en comunidad, el miedo en participación y el abandono en ciudadanía activa. Necesitamos volver a creer que el bienestar del otro también es condición necesaria para el nuestro.
La verdadera riqueza de Riohacha no está únicamente en sus recursos naturales ni en las rentas extractivas. Está en la fuerza silenciosa de las mujeres que sostuvieron la vida cargando agua en los barrios; en los jóvenes que sueñan futuro en medio de la precariedad; en los pueblos indígenas, afrodescendientes y populares que mantienen viva la dignidad del territorio; en los trabajadores informales que construyeron ciudad desde el rebusque y la resistencia.
Por ello convocamos a los barrios, organizaciones sociales, comunidades indígenas, juventudes, artistas, educadores, comunidades de fe, ambientalistas y ciudadanos de buena voluntad a unirnos alrededor de una causa común:
Defender el agua como derecho y no como negocio.
Reconstruir el tejido social de la ciudad.
Impulsar espacios de diálogo y participación comunitaria.
Fortalecer la solidaridad entre barrios y comunidades.
Respaldar el Cabildo Abierto y los procesos ciudadanos por el agua.
Convertir el Festival del Agua y el Encuentro Pluricultural por el Agua en escenarios permanentes de unidad popular y memoria colectiva.
Ha llegado la hora de pasar de habitantes dispersos a comunidad consciente.
De usuarios aislados a guardianes del agua y de la vida.
De la supervivencia individual a la construcción del bien común.
Porque una ciudad nace verdaderamente cuando sus habitantes deciden reconocerse mutuamente como destino compartido.
Y hoy, desde Riohacha, afirmamos que el agua debe unirnos como pueblo y no dividirnos como negocio.
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Riohacha, 7 de mayo del 2026
MOVIMIENTTO ACUERDO CIUDADANO POR EL DERECHO AL AGUA Y AL SANEAMIENTO BASICO EN RIOHACHA
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Me gustaría conocer la introducción completa ya que está fracturada al principio. Excelente proceso de reconstrucción de tejido social y construcción de una comunidad consciente de su poder de decion sobre su futuro alrededor del derecho al agua y la participación en el cabildo abierto para que la administración obedezca el mandato popular contra su mercantilización! Exitos!
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