1/30/2016

Nos va quedando poco del río Magdalena, la pesca ha caído en más de 50%





arteria fluvial de Colombia. / Gustavo Torrijos - El Espectador
Del libro “¿Para dónde va el río Magdalena?”

Nos va quedando poco del río Magdalena, la pesca ha caído en más de 50%

Expertos cuestionan los proyectos de navegabilidad en el Magdalena pues desconocen las variables ecológicas esenciales de estos ecosistemas.
Por: Manuel Rodríguez Becerra *
En Twitter: @manuel_rodb

Al anunciarse la posibilidad de la ejecución del proyecto de recuperación de la navegabilidad del río Magdalena, algunos colombianos comenzamos a preguntarnos por su significado social, cultural, ambiental y económico. Preguntas que van mucho más allá de la propaganda oficial que lo empezó a promocionar, centrada en sus impactos económicos positivos por el abaratamiento del transporte entre el interior del país y sus dos grandes puertos del Caribe, cuyos altos fletes son hoy un obstáculo para el comercio doméstico e internacional de Colombia.
Preguntas que, además, van más allá del romántico sueño, propalado también por el Gobierno, de revivir el transporte por el río para los turistas del siglo veintiuno, que se embarcarían por esta vía fluvial en búsqueda de un río que ya no es el de los tiempos en que lo navegaron miles de colombianos y extranjeros en vapores y champanes. El Magdalena es hoy lo “poco que nos va quedando del río”, de acuerdo con lo que dijera el capitán del vapor a la pasajera Fermina Daza en El amor en los tiempos del cólera, una de las novelas de Gabriel García Márquez, en la que el Río Grande de la Magdalena es uno de sus principales protagonistas.
¿Para dónde va el río Magdalena?
Siguiendo a Fermina Daza, parece “poco lo que nos va quedando” de la cuenca Magdalena-Cauca, si constatamos los enormes daños ambientales que presenta: la deforestación asciende a 77 % de su cobertura vegetal original y 42 % de ella se produjo en las tres últimas décadas; la pesca ha caído en más de 50 % en los últimos treinta años; el transporte de sedimentos al bajo Magdalena se incrementó 33 % en la última década y la erosión alcanza 78 % del área de la cuenca.
Esta situación tiene graves implicaciones, toda vez que en la cuenca del Magdalena-Cauca, que representa 24 % de la superficie del país y comprende diecinueve departamentos y setecientos veinticuatro municipios, viven 32,5 millones de habitantes, lo que equivale al 80 % de la población total de Colombia. Allí se produce 80 % del PIB, 70 % de la energía hidráulica, 95 % de la termoelectricidad, 70 % de la producción agrícola, incluyendo 90 % del café, y 50 % de la pesca de agua dulce.
Los principales factores que históricamente explican el deterioro de los suelos de la cuenca son la actividad agropecuaria y los asentamientos humanos. Pero cuando se señala la actividad agropecuaria hay que aclarar que, en esta, el área para la producción de granos y similares es menor en comparación con la dedicada a la ganadería. La potrerización de la región Andina para el establecimiento de una ganadería altamente ineficiente ha sido la principal causa de la deforestación, el drenaje de los humedales y el deterioro de los páramos. La deforestación del país, que actualmente asciende a 140.000 hectáreas anuales, tiene como destino fundamental la ganadería. Pero al lado de estos factores, la construcción de infraestructura y la minería han tomado crecientemente un lugar de importancia como factores que contribuyen a este deterioro.
A la fuerte presión de la actividad humana sobre los recursos naturales de la cuenca se suma su vulnerabilidad al clima cambiante (el cambio climático, El Niño, La Niña). Ese ha sido el caso de los eventos climáticos extremos, como se evidenció con las inundaciones causadas por la ola invernal de 2010-2011, y con la sequía del segundo semestre de 2015, que al parecer se prolongará durante el primero de 2016.
La falta de visión de cuenca con sus diferentes ecosistemas
Los ocho trabajos solicitados por el Foro Nacional Ambiental y la FriedrichEbert-Stiftung en Colombia para debatir el proyecto de navegabilidad coincidieron en señalar su falta de visión de cuenca. Como bien concluye Juan Darío Restrepo, “La falta de visión de cuenca ha ocasionado que el río sea analizado por quienes ejecutan obras civiles como un ‘canal hidráulico’ y no como la interacción de diferentes ambientes biológicos, geológicos y sociales”.
Pero, como se subrayó, este no es un problema exclusivo de esta iniciativa. En forma similar, los proyectos hidroeléctricos que se están planeando en el país para la cuenca del Magdalena ven el río y sus afluentes solo como una fuente de agua con potenciales de caída en las empinadas montañas andinas por las que discurren. Y los de reservorios de agua y distritos de riego, que se están multiplicando como respuesta a la expansión de la agroindustria y a la urgencia de mitigar las sequías, también consideran los ríos de la cuenca como una fuente de agua, y nada más. A ello se suman los proyectos de la minería a cielo abierto, que solo ven en los ríos los millones de metros cúbicos del líquido para sus procesos, cuya contaminación se adiciona a la destrucción de las montañas y los acuíferos que implica esta actividad.
Así, con frecuencia inusitada, las autoridades gubernamentales y los empresarios, con sus ejércitos de técnicos, al promover y ejecutar sus proyectos sectoriales, no ven las cuencas en forma integral, o prefieren no verlas, como producto de su ignorancia o de su ambición. En contraste, cada vez más, los campesinos y pescadores alzan su voz en contra de los proyectos que les niegan su derecho al agua para calmar la sed y para sus actividades de sustento y productivas, o que les niegan sus derechos a los territorios que tradicionalmente han ocupado. Los crecientes movimientos campesinos e indígenas, y también urbanos, en contra de diferentes megaproyectos de infraestructura o extractivistas en la cuenca del Magdalena (recuérdense el Quimbo y La Colosa), en aras de proteger las aguas y la biodiversidad, son una clara expresión de esta situación.
En últimas, ni el proyecto de navegabilidad ni, en general, los de infraestructura, agroindustriales y mineros que se adelantan o prospectan, se aproximan a la cuenca a partir de entender que esta comprende diferentes ecosistemas que prestan diversos servicios ecosistémicos, los cuales inciden centralmente en la economía del país y en la calidad de vida de sus habitantes. Son proyectos que se formulan individualmente, sin comprender que es completamente absurdo seguir sumando uno a uno sin evaluar sus impactos acumulativos, que se sumarían a los impactos generados sobre la cuenca por la actividad humana durante miles de años. El no hacerlo podría generar situaciones en las que entre en crisis el suministro de servicios ecosistémicos asociados a la agricultura, la ganadería y la pesca, o el de servicios asociados a las actividades de provisión de agua potable, electricidad, transporte fluvial o soporte físico para la minería o la extracción de hidrocarburos.
* Presidente del Foro Nacional Ambiental. Profesor universitario
El Espectado.Com

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